unapequenareflexion

El alma es una aventurera que llega a la existencia para explorar y experimentar la vida tal como es. Tiene un propósito claro y único que es encontrar felicidad y júbilo en todo lo que le rodea y en todo lo que acontece. Cuando el alma llega al plano físico, quiere glorificar la vida y despertar al Amor que trae como una semilla en su interior. Todo el afán del alma es proteger esa semilla de Amor y encontrarle un lugar, un espacio, donde pueda florecer.

La vida es la materia que se ha convertido en el habitáculo del alma cósmica, de la cual proceden todas las distintas formas de vida. Cada una de estas formas de vida tiene un nivel de conciencia diferente, debido a su grado evolutivo. Algunas formas se desarrollan como un alma colectiva; otras formas, como la humana, se desarrollan como almas individualizadas. Todas las formas de vida tienen un origen existencial en común que podemos llamar Dios, la Fuente o el Gran Misterio y cuya esencia se vierte en el alma cósmica.

Esta alma cósmica o conciencia universal nos sostiene a todos por igual. Es como una gran red energética que nos interconecta con lo más pequeño y cercano y, a la vez, con lo más grande y lejano. Estamos presentes en una simple motita de polvo y en la magnificencia de una estrella brillante.

Todas las formas de vida, sean simples o complejas, responden a una geometría sagrada interna que es única e intransferible. Igual que la nieve, que se compone de bellos cristalitos diminutos, cada uno distinto al otro, así también la vida toma diferentes aspectos, expresando la ilimitada diversidad y abundancia creativa del Universo.

Metafóricamente hablando, podemos decir que el alma es el jardinero y la vida es el jardín. La semilla para plantar y hacer crecer es el Amor. El Amor necesita tanto de los cuidados del jardinero (el alma) como de los nutrientes fértiles del jardín (la vida).

Hay momentos en la vida, en los que nuestro jardín se vuelve estéril o lleno de malas hierbas. Todo es complicado y los problemas salen a cada paso.

Entonces, solemos entrar en el cuestionamiento irracional de preguntas como:

¿Por qué a mí? - ¿Qué he hecho yo para merecerme esto? –

O, empezamos a justificar nuestro estado con pensamientos como: "Siempre me pasan estas cosas a mi." – "Los demás no me entienden." – "No vale la pena vivir." – "No se puede ser buena persona, solo los malos tienen suerte, dinero, fama..." – "Hay una conspiración mundial."

Supongo que algunas de las frases anteriores nos son conocidas y también nos resultará familiar el hecho de que ninguna de ellas sirve para sacarnos de nuestra situación difícil. Todo lo contrario, nos llevan a deprimirnos más y más, hasta tocar fondo.

Desde un punto de vista normal, hablaríamos de fracaso, impotencia, vacío y crisis existencial. Nos compararíamos con el éxito, fama y salud de otros, para sentirnos todavía más en la miseria.

Desde el plano del alma, sin embargo, son momentos cruciales para que hagamos los cambios necesarios que garanticen el propósito por el cual encarnamos en la rueda de la Vida.

Cuando los acontecimientos de la vida nos arrinconan sin salida aparente, suele ser el alma la que busca nuestra atención y la manera de reorientarnos hacia un sentido más auténtico de felicidad, salud, abundancia y amor. "Pararnos los pies" consigue casi siempre que busquemos las respuestas internas que sólo pueden venir desde el plano del alma, porque es allí, donde reside la verdadera sabiduría y la geometría sagrada del plan de vida personal.

Beate M. Schweder
Life & Soul Counseling

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